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Mañana me voy

Au revoir… Adiós 

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La vida… mi pequegno paraiso

Escribo desde el centro de Estocolmo con el corazon temblando entre las manos y el cansancio acumulado de una tarde de bicicletas y puestas de sol interminables. Aqui Lorenzo no termina nunca de alejarse y es imposible concentrarse en un ordenador donde pasan y traspasan personas continuamente detrás tuya. Estoy en la ultima parada del viaje y he intentado escribir este mensaje 3 o 4 veces pero este bicho no me deja. Me rindo. Es cierto, el ordenador grita clemencia y mi cuerpo exige el pleno dominio de la paciencia a cada instante. Ahora lo único importante es que el viaje es la excusa y la vida es la clave. 

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Con todo lo que me gusta viajar, y lo poco que me gustan los aviones

Esta noche de madrugada estaré cogiendo dos guaguas para llegar al aeropuerto del sur. El avión con destino a Dinamarca permitirá a mis piernas recorrer distancias nuevas y alejadas antes de la una del medio día. Llegaré a Suecia en un par de días, estaré con mi hermano y la novia, e iré a Estocolmo para volver, vía Madrid, a Canarias. Tal vez, cuando regrese con mi compañera de piso, España sea otro país y necesitemos visado de entrada. Quién sabe a dónde nos llevará la “Spanish Revolution”. 

(Lejos, muy lejos… casi tanto como la distancia entre los lunares de mi cuerpo o tus huellas en mi espalda).

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Por el centro


Tribunal

Madrid fue un capricho amargo, un secreto a golpes contra las ansias del embargo, una mansión repleta de sueños, incertidumbre en las manos y esquinas derretidas esperando a unas piernas capaces de soportar el aire acumulado de tantos años. Madrid era esa ciudad conocida a intermitencias, a espacios baratos de estancias extremadamente perecederas. Madrid era y sigue siendo la ciudad sin fronteras, sin nombres, sin barreras. Aún hoy continúa mi búsqueda de excentricismos, mi desgarramiento de letras. Piso las calles, el metro, sus gentes, y ya no me pierdo porque siempre hay una respuesta, ojos amables, cuerpos sangrientos rellenos de muecas satisfechas. Era agosto y las puertas cerradas escupían recuerdos hacia afuera. Era lunes y un lunes donde la ciudad seguía medio muerta. Quedaba un itinerario memorizado, unas ganas relocas de cumplir con lo acordado y un calor matando cada célula superviviente del engaño de esta tregua. Teníamos seis horas para escaparnos del aeropuerto y devorar peldaños, rostros, paisajes… llegamos a Malasaña y allí quise acampar, arrancarme la piel y dejarme latiendo en las esquinas no tan traicioneras. Descubrí bares míticos, lugares en los que permanecer sintiendo noches enteras, calmantes para el alma, torceduras de los locos creyentes en el establecimiento definitivo de quimeras. Lugares cerrados físicamente pero abiertos en mi cabeza. Un rostro por encima de todos los rostros tropezó con mis ojos y congeló el estado de mis labios (mira que encontrarme con alguien como tú, Nacho, en un sitio como este). Unas gafas al estilo de John Lennon permanecieron amarradas a mis manos en imágenes mentales reclamando realidades directas. Letras decorando paredes, frases desgarrando miradas, colores versando silencios, agujetas en las manos y secuestros en los dedos. Un Spar llevado por chinos. Agua de botella. Agua de una fuente. Una ciruela. Mensajes de texto.

Manuela

Una estatua y una chica decorando la escena. La calle Huertas a medias. El parque del Retiro. Una libreta, un bolígrafo, unos niños y una siesta de la sombra que me acompañaba para acabar regresando al aeropuerto a tiempo de comprobar el retraso de tres horas del siguiente vuelo destino “Asturias-Oviedo”. Y todo esto son los escasos recuerdos del día lunes 3 de agosto de 2010, una mezcla extraña de fango y sueños imperfectos.

Tiradas en la T4

(y todo lo que aún queda por ver, vivir, pisar y sentir)

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Viajando alrededor de mi cuello

La vida es bella... en las calles de Madrid

Doce horas durmiendo para recuperar el aire y la fuerza de un cuerpo que permanece a la espera del reencuentro con lo cotidiano y conocido de la vida en presente que omite la historia experimentada 20 horas atrás. Me niego a olvidar que existimos, que una vez deshecha la maleta, el tiempo partirá a otro destino. Me impongo a la desidia. Extiendo palabras envueltas con el paladar para recordar lo que hemos sentido. Exagero para hacerme vibrar y encuentro la frase perfecta para terminar con agujetas en los brazos y en las piernas por haberme forzado a caminar, caer y haber aprendido del intento.

… Y después de cuatro aviones, horas de sueño aniquiladas, escasa comida, cerveza, sidra, canoas, bicis, personas y experiencias por memorizar, … ya estamos de vuelta una vez más.

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Oviedo

Pasar la mañana durmiendo, comprando, viviendo, experimentando la estancia en versos en movimiento, la vida, el eco del paso del tiempo, una ducha a presión con la “alcachofa” de consecuencias mágicas para algunos cuerpos (las conversaciones entre borrachos deberían estar prohibidas una vez se empieza a estar más o menos cuerdo). Es el sexto día que la sidra y el alcohol entran en nuestra vida de una forma continuada y seguida. Hemos comprado comida para toda la familia, reído, bebido y hablado de lo incierto del ser humano, de la esencia de vida que queda cuando ya nos hemos ido, de la estancia en la mansión de los recuerdos en el olvido. Tenemos vídeos, fotos y conversaciones en directo con conexión hacia las islas… Pinchos en Oviedo, cerveza y ansías de alimentación para los no muertos, cinco elementos alimentándose de cuentos, aspiraciones suicidas para alcanzar el cielo. En definitiva, vuelvo a estar borracha delante de unas letras que persiguen estar vivas estando eternamente muertas… pero, somos tan felices siendo las figuras pasajeras de la historia que se inventan nuestros huesos a sabiendas de lo absurdo del encuentro con la vida en la pista de baile de las palabras sentenciadas a la hoguera o al infierno.

Y mañana despiertas a las 7 de la mañana para ir a hacer la ruta del oso… no me canso de estar viva en este instante en movimiento. No, no me canso de intentarlo, de querer alcanzar.me entera y concentrarme en porciones diminutas para satisfacerme cuando llegue el sufrimiento.

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Ribadesella… (o el mundo entero)

En alguna calle de Oviedo

Hemos necesitado 10 horas de sueño, un desayuno con sobras, una ducha rápida y un cuaderno en el que ya no escribe nadie,  para recuperar a cuatro cuerpos maltratados por una aglomeración de humanidad enloquecida y desgarrada por el alcohol y la ausencia de invididualidad… Somos una masa de entes dedicada a hacer exactamente lo mismo, pero… ¡oye! por una vez no ha estado nada mal dejarse llevar y practicar con aquello de respirar a la vez contigo y contigo (y contigo)… El paréntesis queda marcado con su punto y final para uno de estos días y yo no quiero volver a volar sin saberme cercana a esta dimensión ajena a las palabras y repleta, extrañamente, de vida.

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