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Final feliz

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A otra parte

Carita de tontA. Intoxicada. Y muy feliz.

Es tan bonita la vida.

Ayer paseaba junto a mi bajo el cielo, el barro no existía y las huellas eran solamente pegamento transparente entre los dedos.

Anoche dije sí mientras nadie miraba. 

Y me voy. 

A decorar otra habitación, a descubrir otras calles, a recorrer otra tierra, a traducir otras caras, a inventar otra vida.

                  (Y me encanta)  

Solo tengo tiempo para vivir AHORA.

                                                                                    ¿Y tú? 

Una maleta vacía, poca ropa y tantas, tantas ganas. 

De empezar.

                   De seguir.

                                    De querer.

                                                  De sentir. 

Como siempre. 

Insistiendo en seducir cada poro de existencia humana. 

¿Me ves? 

                 Sigo aquí. 

Cualquier lugar sirve para fusionarse y ser feliz. 

Irse o quedarse.

Daba igual. 

                 Sigo aquí. 

.(Punto y seguido)

Pero antes, debo recordar lo que dijo mi hermano hoy a través del Skype. Algo así como: “Tú no estás bien porque el mundo esté bien, el mundo está bien porque tú estás bien”. 

               Grá-ba-te-la. 

Somos los ojos. Las bocas. Las caras.

                   Somos los que decidimos y ponemos nombre a las historias.

              A las patrañas. 

Y te dejo entrar, porque te dejo ir. 

En fin: Au revoir, les amis! 

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Viva, pero viva de verdad. A sabiendas de lo oscuro, del pecado y la mentira. Viva. Absurdamente viva. Recorriendo cada espacio, salpicando cada esquina. Hoy tropiezo con el sueño, me confundo con el tiempo, me disfrazo de animales sonrientes que no muerden, que controlan sus instintos y silencian soledades fugitivas. He llegado a lo más alto de este día, miro al centro de mi cuerpo y me quedo aquí tendida, repartida entre los restos de este viaje, con un libro en una mano, con el sol entre mis ojos y las ganas de saberme rodeada de millones de sonrisas. Breve y cursi. Como el viento de la playa de anoche en romería, o la extraña despedida esta mañana. C’est comme ça, c’est la vie.

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Domingos de verano

Me despierto, tarde, como siempre. Es domingo. Abro todas las conexiones que me mantienen adheridas a este mundo diminuto. Dejo pasar a cualquier emoción, cauta o incauta, con infarto imaginario o carencia de tensión. Te leo. Busco alguna receta para matar el tiempo -un tiempo que no es infinito-. Me muerdo los labios, pienso en cómo mantenerme atenta al presente, atada a lo que ahora es, y me pierdo. A lo mejor cambio el blog o me mudo a la competencia. No sé, puede que haya llegado el momento de cambiar. Otra vez. Una más. Es domingo y mi madre me espera a la mesa. Es verano, y  aún perduran las  sonrisas con sabor a sandía, y es posible jugar a ser felices, de verdad. 

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Decir adiós suena a canción triste

Se terminan los segundos, las etapas. Caen las hojas desprendidas de los días, caen enteras las palabras que me atrapan. Voy cediendo a los instantes, provocando a los minutos, consolando a la distancia. Sólo queda la presencia, el desconsuelo, la alarma de saber que es demasiado tarde para recuperar un día -un año- y que el miercoles se transformó en jueves sin preguntar, y que el 1 de julio de 2010 se transformó en 1 de julio de 2011 sin piedad. 

¿Quién acciona la palanca de la vida?

(porque duele tanto alejarse)

Han sido días de conversaciones al cuadrado, de cambios de perspectivas y de temblores en las manos, pero es bonito ser testigo de ese cambio, ¿no? Ahora queda recomenzar con el sabor de diferentes despedidas: una que significa que no te voy a ver nunca más, dos que implican un quizás, y una última que señala cuatro meses de separación corporal. Y hoy me niego rotundamente a quedarme suscrita para siempre en el nunca o el quizás

 

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A título informativo

El aire sigue saliendo de igual forma de mis pulmones aunque cueste respirar un poco más. Estamos a mediados de junio y regresé del viaje a tierras isleñas el lunes por la mañana con palabras escasas, con trabajos para la facultad y con un examen que suspendí casi antes de empezar. Prácticamente todos los que me rodean ya son licenciados -dicen que también yo lo seré en julio, no se sabe-. De momento, me he montado una vida paralela por si suspendo y tengo que esperar a diciembre para recomenzar. No sé. La sorpresa sería aprobar ¿Que más? Estoy intentando empaquetar la vida que he dejado en este cuarto durante cuatro años, pero no se me da nada bien esto de resumir pasados en presentes y tirar el resto al contenedor de reciclaje. Lo primero que he borrado han sido las frases de la pared. Ahora ya no reconozco este lugar y no sé en dónde estaré en los próximos meses. En principio, vuelvo a casa después de cinco años. No está mal. Eso sí, esta tarde quiero ir a la manifestación y gritar con la ciudadanía que ya está bien, que basta ya. 

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Gracias

 

Soplando las velas

 

Muérdeme los sueños, elévame al cuadrado e intenta seducirme con tus versos. La vida tiene ese no sé qué que te deja plantado en una esquina observando escaparates de otras vidas y otros credos. A veces, soy extranjera entre mi cuerpo, y mis ojos no adivinan a leerse dentro de ellos. Otras, caigo de rodillas, y me introduzco hasta el último poro de mis miedos. Mi nombre me detiene frente al tiempo, respondo con la vida, con el gesto, con indicaciones sociales que atribuyen etiquetas a todos nuestros movimientos. Ayer caducó otro año para el que, suponemos, fue mi nacimiento. Vuelvo a los números pares, a envejecer solamente a través del cuerpo, porque cumplir años no significa estar dispuesto a perderse la juventud que aún no ha muerto. Es cierto, no aprenderé a ser adulta, no quiero. Apagar las velas, pedir deseos, abrir regalos… nunca me ha gustado ese juego, pero al borde del abismo, cuando restan pocos meses para romper con la construcción de una vida plantada en una maceta con olor a quinquenio, las acciones se transforman, y los significados huyen a otros huecos. Ayer soplé las velas, pedí deseos, abrí regalos, bebí historias y fui el centro de algo que nunca me ha gustado ser, la atención focalizada en un único rostro, en mis manos, en el silencio. De anoche me quedo con todos y cada unos de los seres dispuestos para hacerme sonreír, con la comida, con la tarta, con la despedida de la vesícula de Fran y la gelatina de fresa con pasas, con el reencuentro con Áfri y con Máximo, con las cervezas tiradas y el vino en los labios de Omar, con la mirada perdida de algún borracho, con las fiestas paralelas para no mezclar, con la discoteca en la cocina y mi compañera de piso bailando y llamándose, a sí misma, antisocial, con la carne asada en el patio, con las sobras, con los besos que no quise dar, con los chistes, con las fotos, con las luces apagadas, con los regalos fabricados con las manos y los sueños, con la traba de María, con la chapa de 24 con los signos de exclamación cambiados, con la ensalada de pasta y lechuga, con la despedida más larga de la historia, con los ojos que se fueron, con los que se quedaron, con todos los que vinieron y los que faltaban, con la limpieza extra rápida de Fran y la cara de expectación de Moi, con las cervezas en las manos y los dos últimos cigarros, con la calle repleta de voces y los bares gritando canciones, con el “cumpleaños feliz” que cantó alguna voz etílica, con la hora que me arrancaron del calendario por el cambio, con la construcción de recuerdos compartidos, con la vida en general, con ellos en particular y con estos últimos cinco años.

A todos, gracias.

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