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Y volver, volver, volver…

¡De vuelta! Último año para quedarme enredada en esta imagen de llegada al muelle de Santa Cruz

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Días de verano

UN CAMINO DE IDA

Y VUELTA

Círculos de ida vuelta que se van reconstruyendo continuamente al azar. Qué curiosa es la vida y los días de verano que consiguen dormir heridas, recordar pasados, o descubrir recuerdos que nunca antes habían sido revelados, como que mi madre tuvo un escarabajo azul marino (volkswagen) durante diez años, antes de que yo naciera (¡cómo me hubiera gustado conocerlo!) o que existe un colegio que lleva el nombre de mi bisabuela a la que no conocí (y cuyos apellidos he memorizado esta mista tarde), no sé, como saber que esa niña de la primera foto ya no existe o que esa veinteañera de la segunda foto dejará de existir también, tal vez por eso, porque el tiempo no para, hoy me quede a dormir aquí, entre palabras.

Cazuza- O tempo nao para

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El derecho de soñar

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Por el centro


Tribunal

Madrid fue un capricho amargo, un secreto a golpes contra las ansias del embargo, una mansión repleta de sueños, incertidumbre en las manos y esquinas derretidas esperando a unas piernas capaces de soportar el aire acumulado de tantos años. Madrid era esa ciudad conocida a intermitencias, a espacios baratos de estancias extremadamente perecederas. Madrid era y sigue siendo la ciudad sin fronteras, sin nombres, sin barreras. Aún hoy continúa mi búsqueda de excentricismos, mi desgarramiento de letras. Piso las calles, el metro, sus gentes, y ya no me pierdo porque siempre hay una respuesta, ojos amables, cuerpos sangrientos rellenos de muecas satisfechas. Era agosto y las puertas cerradas escupían recuerdos hacia afuera. Era lunes y un lunes donde la ciudad seguía medio muerta. Quedaba un itinerario memorizado, unas ganas relocas de cumplir con lo acordado y un calor matando cada célula superviviente del engaño de esta tregua. Teníamos seis horas para escaparnos del aeropuerto y devorar peldaños, rostros, paisajes… llegamos a Malasaña y allí quise acampar, arrancarme la piel y dejarme latiendo en las esquinas no tan traicioneras. Descubrí bares míticos, lugares en los que permanecer sintiendo noches enteras, calmantes para el alma, torceduras de los locos creyentes en el establecimiento definitivo de quimeras. Lugares cerrados físicamente pero abiertos en mi cabeza. Un rostro por encima de todos los rostros tropezó con mis ojos y congeló el estado de mis labios (mira que encontrarme con alguien como tú, Nacho, en un sitio como este). Unas gafas al estilo de John Lennon permanecieron amarradas a mis manos en imágenes mentales reclamando realidades directas. Letras decorando paredes, frases desgarrando miradas, colores versando silencios, agujetas en las manos y secuestros en los dedos. Un Spar llevado por chinos. Agua de botella. Agua de una fuente. Una ciruela. Mensajes de texto.

Manuela

Una estatua y una chica decorando la escena. La calle Huertas a medias. El parque del Retiro. Una libreta, un bolígrafo, unos niños y una siesta de la sombra que me acompañaba para acabar regresando al aeropuerto a tiempo de comprobar el retraso de tres horas del siguiente vuelo destino “Asturias-Oviedo”. Y todo esto son los escasos recuerdos del día lunes 3 de agosto de 2010, una mezcla extraña de fango y sueños imperfectos.

Tiradas en la T4

(y todo lo que aún queda por ver, vivir, pisar y sentir)

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La Piccola

Sonrisas que saben a ese bar de la esquina que tanto nos gusta.

Me quedaría atrapada dentro de cada figura que atraviesa la puerta, ¿sabes? sería ese niño que corre y saluda a través de una ventana permitiéndose el lujo de no temer absolutamente nada.

Te miraría y me quedaría contigo.

Serviría las mesas, ayudaría en la cocina, aprendería y memorizaría la receta del preparado que le hacen al sandwich de pollo que le gustaba tanto a aquella chica de ojos azules que jugaba con su cigarro diez minutos antes de encenderlo, y que tardaba cinco minutos en apagarlo, sí, aquella que un día quiso soñar y autoinventarse una realidad paralela (y alejarse e intentarlo, … ¡valiente!)

Sería esa mujer que mira por la ventana buscando realidades opuestas, imaginándose las vidas de las personas que quedan congeladas en sus ojos y en sus párpados. Sería su sombra, su piel y sus labios.

Sería los cuerpos que se saludan, las manos que se chocan, la comida que masticas, la bebida, el humo que expulsas, la música, la televisión de fondo sin sonido incorporado, la falta de propina y un gracias por cada vez que te acercas para comprobar si todo está como hemos deseado.

A veces me pregunto qué pensarán al vernos siempre en el mismo lugar con la mirada perdida, absorta en las conversaciones que hacen que una hora se transforme en tres y tres personas en una…

Quién sabe… Creo que sería capaz de dibujar nuestra realidad, transformarla y describirla secuestrando percepciones realistas y creando recuerdos quiméricos más allá de las palabras, porque aún nos queda algo para intentar seguir respirando sin atragantarnos demasiado.

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Recordando

Cuando una melodía me recuerda a ti y mi garganta articula las palabras que me llevan al lugar donde te conocí. Cuando camino “a posta” por delante de aquel bar donde un cuerpo cayó encima de otro cuerpo por pura inercia. Cuando veo las fotos y pienso: “fue real, que sí, que no me inventé un cuento para ser capaz de dormir por las noches, que no es una droga para calmar a todos mis quieros”.

¿Será que tengo miedo?

De momento prefiero callarme y seguir sonriendo con un corazón tapado debajo del pecho… (cursi-cursi-cursi).

– En fin, que ya queda olvidado.

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Un tranvía que se va…

Y tú alejándote…

… Y yo sin mirar atrás.

La historia que termina cuando acaba de empezar. Unas manos devorando a otras manos, rodeando el espacio que ocupamos en una calle oscura ausente de figuras vespertinas, solo dos cuerpos tumbados en el suelo, respirando y bailando al unísono la misma melodía. Aún tirito al recordarlo. Creo que solo has sido un sueño mutilado por las ansías, por la espera y las palabras cuando estas se utilizan solo para rellenar el vacío que separa a nuestros labios, a mis miedos a romper mis reglas autoimpuestas o al temor de hacerme daño o hacerte daño.

Adoro las noches llenas de casualidades y no encuentro una forma mejor de haber celebrado un año más, salvo esta:

“La hora planeta-luces fuera-nevera apagada-velas encima de la mesa-una tarta-soplar y pedir un deseo-fotos-palabras-21:30 volver a encenderlo todo-una idea-salir esta noche aunque no tengamos tiempo-muy buena compañía-una llamada-cervezas-bares-no buscar nada y encontrarlo todo-una mirada (muchas miradas)-un argentino-y pasar la noche en vela caminando y recorriendo la ciudad y tu cuerpo-tengo frío-toma mi jersey-no lo quiero (y me hago la fuerte)-yo te tapo flaca (y me dices flaquita al oído)-pidiendo cigarros, a ti te hacen caso-a mi no-el cuerpo mojado-llueve pero seguimos caminando-y hablando-unas manos que se aprietan-unos ojos que se buscan-unos labios que se muerden-ser un solo cuerpo y ver amanecer a través de los edificios rotos por el tiempo-limpiadores de la calle que dan los buenos días-una foto contigo-intercambios de coletas-quieres una rasta de recuerdo-y me miras y pregunto ¿qué?-y respondes ¿qué? y nos reímos como dos estúpidos-y lo intentas-y se acaba-¿segura que quieres algo de recuerdo? preguntas- y me das un anillo a cambio de un pañuelo para saber que fue real, que fue cierto-te levantas-me levantas-y solo queda un beso, un abrazo, una despedida y un cierre-hasta siempre-para, al final, llegar a casa de día y sonriendo, sabiendo que ya no te volveré a ver nunca más”.


Y dejar que todo quede ahí, porque ayer la noche se hizo nuestra y por eso tiene fin.



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