Mirándome (a escondidas, desde lejos)


La Piccola

Sonrisas que saben a ese bar de la esquina que tanto nos gusta.

Me quedaría atrapada dentro de cada figura que atraviesa la puerta, ¿sabes? sería ese niño que corre y saluda a través de una ventana permitiéndose el lujo de no temer absolutamente nada.

Te miraría y me quedaría contigo.

Serviría las mesas, ayudaría en la cocina, aprendería y memorizaría la receta del preparado que le hacen al sandwich de pollo que le gustaba tanto a aquella chica de ojos azules que jugaba con su cigarro diez minutos antes de encenderlo, y que tardaba cinco minutos en apagarlo, sí, aquella que un día quiso soñar y autoinventarse una realidad paralela (y alejarse e intentarlo, … ¡valiente!)

Sería esa mujer que mira por la ventana buscando realidades opuestas, imaginándose las vidas de las personas que quedan congeladas en sus ojos y en sus párpados. Sería su sombra, su piel y sus labios.

Sería los cuerpos que se saludan, las manos que se chocan, la comida que masticas, la bebida, el humo que expulsas, la música, la televisión de fondo sin sonido incorporado, la falta de propina y un gracias por cada vez que te acercas para comprobar si todo está como hemos deseado.

A veces me pregunto qué pensarán al vernos siempre en el mismo lugar con la mirada perdida, absorta en las conversaciones que hacen que una hora se transforme en tres y tres personas en una…

Quién sabe… Creo que sería capaz de dibujar nuestra realidad, transformarla y describirla secuestrando percepciones realistas y creando recuerdos quiméricos más allá de las palabras, porque aún nos queda algo para intentar seguir respirando sin atragantarnos demasiado.



PIPI-PIPI (Nuevo mensaje recibido)
Febrero 4, 2009, 12:00 am
Archivado en: Desvaríos, Idealizando, Pasado, Recuerda, Sintiendo, Vida, infancia

Levantarme con un mensaje en el móvil con escaso significado y descubrir, así, de repente, que allí quedaba guardado y almacenado parte de mi pasado. 

Y quedarme sonriendo, como una tonta, mirando a la pantalla del ordenador (pero sin lágrimas, que aún no es el momento adecuado para quebrarme y deshacerme en millones de pedazos, no, aún no es el momento de recordar y acelerar el latido del corazón hasta dejarlo paralizado o congelado por el miedo al autocontrol). 

Solo fue necesario darle al “play” para abrirme de arriba a abajo y aplastarme en medio de una mezcolanza de sentidos confundidos por el tiempo y la falta de costumbre del recuerdo propio y ajeno de la vida con sabor a chocolate y a helados de verano. Sí, se que una vez fui una niña de nueve años, el problema está en que apenas lo recuerdo. 

¿Tan sencillo? 

 

Mensaje

 

No lo parece. 



Aunque tu no lo sepas

Concierto Quique González y La Aristocracia del Barrio; Diciembre 2007

Concierto Quique González y La Aristocracia del Barrio; Diciembre 2007

Hace casi un año me encontraba sentada, cual ferviente seguidora de sonidos y palabras, sentenciadas a llegar a mis oídos en forma de cuchillos afilados, que abren venas para entrar y no salir de lo interno y lo privado de este alma empaquetada en papel de regalo (algo peligroso por estas fechas, a ver si me van a confundir con un juguete o con un iPod para algún niño malcriado). En fin, que ha pasado el tiempo y sin darme cuenta han caído las doce hojas que formaban cada mes del calendario. Sí, hace un año fui a un concierto de una forma inesperada y ahora ha venido a mi cabeza y ha tocado a la puerta otro recuerdo que quedó almacenado, ocupando cierto espacio en la memoria a largo plazo:

Yo (mi yo del pasado), sentada en una silla giratoria que lanzó a este cuerpo y a su mente cinco años al futuro (ahora llamado presente) en un viaje de ida sin retorno, me he visto atrapada por la esencia del aroma que fluye con el paso de los años, persiguiendo los restos de las piedras que dejé, quizás, a un lado del camino, con el único fin de regresar “allí donde quiero volver”, y por eso hoy, me recuerdo escuchando esta canción (“Aunque tu no lo sepas”) hace cinco años, en esa silla giratoria, con el cuerpo temblando y los dedos tiritando, descubriendo la mano que la escribió (Quique González), la voz que la cantó (Enrique Urquijo y/o Quique González) y el poeta que la inspiró (Luis García Montero).

Y aquí va el poema:


Aunque tu no lo sepas


Como la luz de un sueño,
que no raya en el mundo pero existe,
así he vivido yo
iluminado
esa parte de ti que no conoces,
la vida que has llevado junto a mis pensamientos…


Y aunque tú no lo sepas, yo te he visto
cruzar la puerta sin decir que no,
pedirme un cenicero, curiosear los libros,
responder al deseo de mis labios
con tus labios de whisky,
seguir mis pasos hasta el dormitorio.


También hemos hablado
en la cama, sin prisa, muchas tardes
esta cama de amor que no conoces,
la misma que se queda
fría cuanto te marchas.


Aunque tú no lo sepas te inventaba conmigo,
hicimos mil proyectos, paseamos
por todas las ciudades que te gustan,
recordamos canciones, elegimos renuncias,
aprendiendo los dos a convivir
entre la realidad y el pensamiento.


Espiada a la sombra de tu horario
o en la noche de un bar por mi sorpresa.
Así he vivido yo,
como la luz del sueño
que no recuerdas cuando te despiertas.

Aprovecho para recordar que “Los Secretos” han sacado un nuevo disco, para recomendar a Quique González y para animarles a leer un poco más de esos grandes poetas que, como Luis García Montero, aún graban cada una de sus letras repartidas por esquinas ocultas de mi cuerpo.

Tantas voces gritando y tantos oídos cerrados.

Mientras, me dispongo a levantarme y a seguir descubriendo cada uno de los versos que ha caído, que he perdido u olvidado distraída por las sombras que toman forma y comprimen cada huella que me invento para que nadie siga mis pasos.

Quizás, esta última razón y no otra, sea la que lleva a mis manos a escribir textos pseudolargos carentes del sentido suficiente si no soy yo quién interpreta cada palabra que conforma este esperpento personificado.

¿Te digo un “no-secreto”?

- A veces, ni tan siquiera yo, me atrevo a leerme demasiado.



20+1=21

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¿Qué realidad puede transformar lo que veo cuando me mira el espejo?

Justo,

… v-e-i-n-t-i-u-n-o…

Veinte más uno.

Dos décadas y poco, muy poco, pero lo necesario para provocar algún cambio.

Y me siento como ayer, como cuando tenía quince años y ya creía que la vida se me escapaba, huyendo a oscuras, cada vez que pensaba en el tiempo sin mirar el reloj. Es cierto, hubo un momento en el que creí que mi vida se había “terminado” (a medias) cuando cumplí los 15… Eso de haber vivido tanto (y tan poco) en unos años y de repente tantos cambios que… no se, creo que fue allí, en ese instante, cuando saqué la bandera blanca (un cleenex en mi caso) y me rendí (al menos cinco minutos) pero lo suficiente para replantearme la vida una vez más.

Y ahora de nuevo enciendo el móvil esperando un cambio, me conecto (pero poco) solo para ver si te acuerdas de que hoy podemos volver a poner en paralelo nuestro camino.

Nunca me han gustado del todo este tipo de celebraciones pero las considero como un espacio, el paréntesis que consigue enlazarnos de nuevo mezclando nuestras vidas. Es la tregua que nos da el tiempo para escapar, al menos unos segundos y parar en seco, con el único fin de pensar en ti (en la otra persona), aunque dure escasos minutos, lo necesario para recuperarte (a ti) y lanzarte de una patada a MI presente. Creo que es eso, una de las pocas razones que hace que un día como hoy sea diferente al resto, y no lo es tanto el paso del tiempo.

Y así como empezó, terminó el día de hoy.

Gracias por dedicarme un minuto de sus vidas, es solo cuestión de recuerdos (ya sea de recuperarlos o de crear nuevos).

PD: Y me compré el Clipper porque mi “mamá” dice que un cumpleaños sin una tarta y un vaso de Clipper no es un cumpleaños… (aunque después se me quedara encima de la cama olvidado)…



Sintiendo el vacío…

¿Sientes el vacío? Va avanzando poco a poco, en silencio, comienza a adaptarse a tus manos y a tus huesos. Va creciendo y devorando cada centímetro de tu cuerpo, cada espacio hasta transformarlo todo en ausencias permanentes. ¿Cómo puede ser que en una noche de palabras, recuerdos, frases con y sin sentido, cerveza, miradas, creencias y faltas de creencias, me sintiera tan plena y como consecuencia ahora me sienta tan vacía, tan hueca? ¿Cómo podemos ser tan egoístas? ¿tan inconformistas? Hoy me he sentido otra persona por un rato y quizás, el problema está en que me ha gustado ser ella, esa otra distinta a mi.

¿Será que los finales me recuerdan la presencia del vacío que siempre queda latente en cada beso? ¿en cada encuentro? Nunca nos acostumbraremos a las despedidas (no solo a los finales, nunca me acostumbraré a los inicios, me siento tan ridícula, tan perdida en un silencio no del todo voluntario).

Me ha gustado ir al cine con el y con ella, encontrarme con Pilar y que ellos se encontraran con otros cuerpos que recuerdan que el pasado puede seguir formando parte del presente, gente de su universidad primero y tres caritas del colegio después, que nos acompañaron toda la noche con una buena conversación. Por ello se más historias de ti y te conozco un poco más, como a ellos.

Y ahora, ahora el vacío me grita frente al espejo rompiendo el equilibrio, ¿será que nunca es suficiente?…

No quiero volver (allí) pero tampoco quiero quedarme (aquí)… Es la sensación de no encontrar el lugar, el tiempo o la persona, no encontrarte a ti y no verme a mi en ningún sitio.



Quizás aún estemos a tiempo de volver… Tal vez sea mejor dejarlo así.

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- Tía, corre que llegamos tarde y el tren se va.

- ¿Pero no te das cuenta? Nunca se va a volver a repetir esta foto, este momento.

Comienzan a difuminarse las ideas, a borrarse los recuerdos.

Quiero volver… ¿estamos a tiempo? Cogería la maleta, ¿sabes? la asiría con tanta fuerza que de un solo salto llegaría allí con ella y seguiría en pie esperándote.

Foto: Anochecer en Brujas, Bélgica.



Se me agota el aire
Marzo 1, 2008, 3:29 pm
Archivado en: Descubriendo el mundo, Desvaríos, Pasado, Personal, Presente, Recuerda, Sintiendo, Vida

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De tan bien, de tan perfecto se me agota el aire para poder respirar… Nunca me ha gustado la sensación de regresar.

Sin palabras. Dos aviones (con muchas horas de por medio). Bruselas. Comida en la estación. Clara untando pan. Somos españoles, eso siempre destaca. Tren. Sentarnos en primera clase por error durante la mitad del viaje y que una mujer muy grande nos eche a segunda clase con advertencias y malas caras. Llegada a Ámsterdam. No quiero irme (nunca). Magia. Mucha gente en bicicletas y pocos coches. Albergue (cristiano, sí, sí, quien lo diría, pero el más barato, ¡oye! y además, perfecto). Locura. “Recepcionista interesante”. “Recepcionista medio loco” sacado de los años 60, a Fran le gustaría. Investigar los recovecos del albergue con sus habitaciones y sus baños compartidos, con su futbolín (y los “franceses” pegados a él pidiéndole a Rocío una partida más), con las mesas donde esperaban por las mañanas las miradas de los niños que quieren ver a las niñas en pijama o en toalla, con el bar lleno de colores, de cruces escondidas pintadas en las paredes y un “jesus” escrito encima del mejor cuadro de la sala, con el “garden” y sus sillones gigantes donde la gente fumaba tabaco y otras sustancias comunes en Ámsterdam. Sentir que la realidad ya ha cambiado, al menos, por una semana. Fotos. Vídeos. Coffeeshops. Caminar por la ciudad y oler a todas horas el mismo olor. Cenar en un sitio donde la comida parece perfecta sin serlo. Caro-caro amigos. Descubrir que existen diferentes lentes para ver el mundo. Buscar un coffeeshop. El primero al que entramos. Perder los restos de la inocencia a cada calada. Conocer gente saliendo de allí (venezuela1, venezuela2, venezuela3). Hacer lo que nunca harías. Fumar. Beber (poco). Entrar en una cervecería y dejar de ser seis personas sentadas a la mesa para ser nueve (ellas se atrevieron a traerlos). Ir a otro coffeeshop, hablar, fumar, conocernos y pagar dos euros por cada consumición obligatoria de bebida sin alcohol. Ver a Jewel tosiendo a cada respiración profunda del joint con sus consecuentes risas y sus intentos por hacer uno correctamente. Guardar la maleta en las lockers. Dormir con doce personas en una habitación (o más). Despertarse. Turnarnos para ir a la ducha. Cinco compartiendo unas “cholas”. Agua fría y caliente sin avisar. Secador. Maquillaje (tapa ojeras). Desayunar el hot breakfast en el albergue (tortitas). Intentar desvelar los secretos de la ciudad. Buscar el museo de Van Gogh. Caminar, caminar, caminar y explorar los mapas que solo África entiende (la mamá). Encontrarnos con el pintor, con su vida y su obra. Detenernos en los cuadros intentando entender su historia y saber que hubo un espacio en el que él vivió y estuvo allí, como nosotros, delante de sus pinturas y sus manos. Querer crear, escribir, pintar. Nuevas motivaciones, mezclas de deseos. Perdernos en el museo. Salir tarde de allí, lloviendo. Buscar comida. Sacar fotos “I am Amsterdam”. Encontrar tiendas de segunda mano (de antigüedades). Ver la cara de Rocío al intentar entrar y al no poder (estaba cerrada). Sacarle una foto a una televisión rota en plena calle y escuchar a África diciendo las partes que la formaban. Comer lo que nos trajimos África, Clara y yo. Compartir. Somos estudiantes. Dinero justo. Coffeeshops. Bien y mal (los spaces cakes de estos sitios no provocan ninguna risa). Alejarnos maru y yo. Perdernos y llegar en dos horas al albergue cuando tan solo se tarda diez minutos. Todas las calles son muy parecidas, con sus edificios torcidos y sus canales. Reírnos sin razón cuando estábamos todas y grabarlo. Ahora Áfri ya no puede ser presidente. Acostarnos. Desayunar esta vez leche con ¿muesly?. Empeñarnos en alquilar bicis y conseguirlo (después de estar años sin haber montado en una). Recorrer la ciudad (dentro del caos que la circunda) sin conocernos las calles (y sin caernos ni una sola vez). De los mejores días, sin duda. Sacarnos fotos en el museo de Rembrandt. Llegar a la plaza y encontrarla llena, deambular sin la bici por las calles. Escuchar a un londinense cantar y comprar el disco (y enamorarnos), sacarnos fotos con personas disfrazadas que decían cosas como “baby”. Sentarnos en la plaza comiendo pan, fuet, paté… y la gente observándonos como si nosotros fuéramos el espectáculo. Aquí te pones un sombrero, una nariz de payaso, lees un libro como si estuvieras haciendo teatro y ya estás listo para ponerte a pedir dinero. Es tan fácil. Oír a Rocío chillando, una paloma le había dejado un regalo en la chaqueta y en el pelo. Ver como la gente nos miraba y reía. Buscar la casa de Anna Frank y sacarnos fotos en la puerta. Recorrer una gran avenida la última hora que nos quedaba reservada con las bicicletas. Sacar fotos con edificios en forma de pez y obviar el edificio con sonrisas. Demasiado cansados para volver hacía atrás. Regresar con el viento en contra y con dolores en zonas extrañas. Ver a África “comiéndose” a maru con la bici (dos veces). Adaptarnos a nuestras piernas una vez más. Descansar en la sala del futbolín (God loves you). Hablar con distintas personas en la cafetería del albergue y ver un libro hecho por los trabajadores-voluntarios-creyentes (muy interesante) sin encontrar al “recepcionista medio loco” entre las páginas (y sacarle fotos al libro). Despertar a África con gritos y grabarlo. Despedirnos de la noche en Ámsterdam sacando fotos en el barrio rojo adentrándonos en ese mundo, llendo a algún sexshops y entrando al último coffeeshop que encontramos. Cenar un kebab de pollo (bueno bueno) y darnos cuenta de que nos estafaron. Terminar la conversación con “you should be a better person” y ver como, cinco minutos después, aparece corriendo con la cartera de Joel en las manos (que la había dejado en el restaurante). Y yo pensando que no entiendo este mundo. Dormir la última noche y estar el resto del día siguiente caminando por la plaza, por el mercado de las flores, alrededor de los canales… Despedirnos del albergue grabando al “recepcionista medio loco” cantándonos una canción. Sentarnos en un banco con unos españoles enfrente y formar parte de su espectáculo restándole protagonismo al músico que estaba a nuestro lado. Comer y ver a un señor mayor emocionarse con el palmeo de las manos de los andaluces. Fumar en la calle y que salga el sol por primera vez desde que llegamos. Una buena forma de dejar un gran recuerdo facturado en la cabeza con destino al paraíso. De camino a la estación ver a Joel corriendo para comprar aquello que no hizo efecto (ni siquiera sugestivo) en ninguno de los dos. Coger el tren de vuelta para Bruselas. Clara preguntando en varios idiomas y yo escuchando para poder aprender algo de ella. Rocío y yo sentadas acompañadas con la música de su móvil y durmiendo. Oír el español fuera de España, hay muchos españoles (y latinoamericanos). Llegar a “Bruxelles” y descubrir que era mejor de lo que recordaba. Buscar el Hostal entre miradas atónitas. Edificios altos, coloridos y llamativos. El hombre edificio. Nos habíamos acostumbrado al caos, al desorden ordenado y a los canales de Amsterdam. Llegar y conocer a otro “recepcionista amable”. Pensar, el otro recepcionista era para compartir un rato, este, en cambio, es para compartir la vida entera. Aquí todos hablan demasiados idiomas. Ver la habitación. Distinta. Cómoda, muy cómoda. Elegir cama, la de arriba. Ellos con setas que sugestionan la capacidad de Jewel y que no llegan a materializarse en Rocío. Quedarnos África y yo en la habitación. Volver Clara y fumar en el balcón aunque estuviese prohibido, total, nadie nos verá (mentira). Cenar nosotras tres. Llegar los demás con pizza. Rocío tapada hasta la cabeza temblando. Sirenas y luces, bomberos en el edificio de enfrente. ¿Dónde está el fuego? Ojos mirando por las ventanas. Testigos de algo que no sucedió. Buenas noches. Salir por la mañana con los consejos del “recepcionista amable” y comernos un gofre caliente (pero muy, muy caliente) buenísimo. Cumpleaños de Joel. Comprar tarta de chocolate y pedir prestada una vela en la tienda de comida sana. Cantarle. 23 años. Cambiar de habitación. Deshacer camas y volver a hacerlas. Ahora dirección Brujas. Sentados en el tren y Jewel diciendo barbaridades acerca de Rocío y el joven, aparentemente belga, que teníamos en frente. Escuchar como este le pide a Joel en español que vigile sus maletas. Reírnos y hacernos compañeros de viaje, resulta que es argentino. La estampa era como la de un cuenta cuentos relatándole historias a unas niñas pequeñas (enamoradas) que saben sonreír con bocas alegres y miradas cómplices, con palabras como pelotudo, boludo o joda. Demasiado bueno para ser real. Y ahora queremos ser como él. Alguien de 26 años que viaja solo por el mundo, capaz de estudiar y vivir. Saliendo del tren (íbamos al mismo sitio) nos llevó y nos guió por el camino. Tenemos dos fotos con él. Nos dejó para regresar a su residencia en el “Colegio de Europa” y caminamos sin pedirle sus datos. Otro viajero más que solo estará de paso en nuestra vida, con el que reunirnos solamente en nuestros recuerdos. Asombroso. A partir de ahora solo hablaremos en francés, inglés o con la entonación argentina. Es lunes, casi todo está cerrado pero descubrimos como es brujas durante un día entero y comimos papas con diferentes salsas (en el puestito de la izquierda, como nos había recomendado el “recepcionista amable”). Rocío, África y yo salimos en una foto con un peninsular que nos la pidió, así de simple y extraño al mismo tiempo. Dando vueltas y comprando cerveza de recuerdo y un chocolate caliente para comérnoslo con galletas “cuétara” sentados en unas escaleras. Lo recuerdo, sí, recuerdo cómo insistí en mi cabeza para grabar ese momento, cómo intenté silenciar la certidumbre del paso del tiempo y del cambio para ser capaz de reproducir y saborear ese instante siempre que el recuerdo chocase contra mi memoria, contra mi vida y pensar: “míralo, observa, ¿no es acaso perfecto?” . Coger el tren de regreso con Clara a mi lado. Pasar por el hostal y salir de nuevo en busca de la Grand Place de Bruselas. Sentarnos en las escaleras del edificio de la bolsa y que se nos acerque un hombre embutido en alguna dosis de algo demasiado adictivo. Similar físicamente a Samuel L. Jackson, que hablaba español y que no paraba de reírse. Nos llevó a la Grand Place y dijo que Clara era la más bonita de todas. Buscar una forma de despedirnos de él adecuada a ese momento. Ver la cara de todos al encontrarse con este cuadrado de construcción muy antigua y perfectamente armonioso. Buscar un sitio donde tomar cerveza. Entrar y salir de distintos bares hasta encontrar el que el “recepcionista amable” nos había comentado que tenía cada lunes “live music”, (realmente las mejores cosas que sucedieron en Bruselas fueron por los consejos del “recepcionista amable”). Sentarnos y vernos probando las mejores cervezas rubias y negras (y de cereza…) entre humo y canciones en inglés. Escuchar a Clara diciendo que este viaje ha sido impresionante y querer quedarme allí, atando el tiempo con una cuerda de hierro entre mis manos. Fumar y que un desconocido nos pida una silla en la que no hay nadie para sentarse con sus amigos en donde no queda espacio suficiente. Insistir África y yo en que Jewel se aparte. Verlos. Hablar con el desconocido y ponerle un nombre: “Philipo/Filipo”. Eran cuatro. Recuerdo a tres demasiado bien en mi cabeza. Salir de allí después de beber algunas cervezas y ver como “Philipo, Nikos, Ludo y el cuarto personaje” nos llevaban al mejor bar de Bruselas que tiene la friolera de más de 2000 tipos de cerveza. Record Guinnes. Antes de llegar, sacarnos fotos y ellos grabando un vídeo. Encontrar a la Jeanneke Pis (niña meona) al lado de los dos bares a los que fuimos y superar el reto impuesto por mi hermano. Buscando ahora por Internet encontré el bar de los 2000 tipos de cerveza: deliriumcafe.be y supongo que el “floris bar” era el que estaba enfrente, el que tenía la absenta (que poco me gusta). La mejor noche. No se como pero me quedé con tu sombrero. Ya lo he dicho, así tengo un recuerdo tuyo y tú, cuando pienses en el sombrero no podrás hacer otra cosa que recordarnos. Y la verdad que no se como, en que momento ni porqué, la noche terminó con música perfecta, una guitarra y nosotros en la calle cantando, bailando, fumando y riéndonos con gente que, de nuevo, solo se cruzarán en nuestro camino por casualidad (cuantas casualidades he visto en este viaje). Cada vez recuerdo menos lo que sucedió esa noche pero no puedo olvidar a Clara riéndose como nunca (y eso es difícil), igual que a maru. A África debatiéndose entre el hacer algo o no hacerlo, a Rocío demasiado decidida a hacerlo y a mí, acercándome a ti sin saber que hacer y sin haber disfrutado nunca de algo como lo que vivimos esa noche todos, entre gente que no se conoce e idiomas inventados, tratando de explicarnos en inglés, en francés, en español y en italiano cada parte de nuestras vidas hasta llegar a ese momento. Y nos fuimos, se que te agarré de la bufanda para no dejarte ir, que la apreté con fuerza para que la realidad en ese momento no se convirtiera en un pasado borroso, no quería que escapara esa noche y quedarnos solo con un recuerdo alcoholizado, pero al final se fueron. Desaparecieron entre callejones oscuros llenos de silencio y nosotras, en vez de esperar, huimos. Nos alejamos y llegamos al hostal con risas nerviosas, propias de quién ha bebido y vivido más de la cuenta en una sola noche. Y se que me acosté y me levanté sonriendo pensando en lo que había pasado. Ahora ya no puedo sonreír sin sentir nostalgia, estoy sentada encima de un corazón de juguete a punto de romperse (el mío). Ahora sí, último día y sin saber donde dejar las maletas. Conocimos a Danai, una griega capaz de viajar sola para llegar a conocerse a si misma de maneras insospechadas. Fuimos juntos a ver al Manneken Pis. Nos dimos los teléfonos y desaparecimos entre la lluvia. Comimos en el Mc Donald. Hoy ya no importa el dinero. Darnos cuenta de que podíamos perder el avión y salir corriendo en busca de las maletas (hemos corrido demasiado en este viaje). Ir a la estación del norte y pasar en tren la estación central hasta llegar a la midi. Comprar el billete de la guagua de Ryanair hasta el aeropuerto de Charleroi y esperar con las maletas abiertas y los ojos cerrados para poder facturar. Despedirnos de Bruselas y llegar a Madrid. Separarnos. Rocío de vuelta. Joel y maru a la espera y Clara, África y yo a la aventura por el metro de Madrid a las once de la noche. Ir a Callao, a la Gran vía. Cenar en el Mc Donald (de nuevo, sí), buscar excusas para quedarnos antes de que cerrase el metro y aparecer en la zona pija, pagando cinco euros por una entrada al infierno y sentarme allí, viendo dos cuerpos, el de África y Clara, bailar al mismo tiempo entre ojos extraños y pelos peinados con gomina acompañados con camisas de marcas caras. Y yo mientras tanto, queriendo cerrar los ojos y desaparecer. Para mí el viaje terminó cuando cogimos el primer avión de vuelta. Aún así, aguantamos. Un estudio sociológico (me decía África) y es cierto. Fuimos al metro y esperamos hasta que un hombre abrió las puertas. Nos quedamos en las escalares quietas viendo como comenzaban a moverse. Cogimos varios metros e intentamos no pagar el suplemento por ir a la T4 sin conseguirlo. Cogimos el avión, un taxi y de nuevo a solas en el piso, recordando el viaje y tratando de memorizar cada segundo en el que fuimos realmente felices, viendo las fotos y los videos. Escribir en el twitter lo único que siento y encontrarme en el ordenador, buscando frenéticamente lo que escribieron en el papel que arrancó Nikos de la cerveza y que me dio con sus datos y con los de Ludo. Verme en la cama, tapada, intentando recuperar el sueño perdido y queriendo olvidar que ya no estábamos allí, viviendo una vida diferente a la nuestra, dándome cuenta de lo difícil que es regresar y sentir esta sensación final, sentir el caos arremetiendo contra mi cuerpo y descubrir que ya no se como quiero que sea mi vida (si es que alguna vez lo supe).

No quería irme el tiempo necesario como para querer cambiar una vida por otra.

Ahora ya es tarde.

Creo que he escrito tanto para que solo sean capaces de leerlo las personas que fueron y vivieron lo mismo que yo en el viaje.

*En la foto falta Jewel… no tenía otra borrosa en la que saliéramos todos…



Y aún no se porqué.
Febrero 2, 2008, 5:42 pm
Archivado en: Desvaríos, Pasado

Aún lo recuerdo, sí, tú sentada buscando una respuesta en ojos ajenos mientras yo miraba mis dedos sin uñas ni vida suficiente, esperándote, sabiéndote lejana. Creo que fue durante ese tiempo y solo en ese momento cuando de verdad pude ver a alguien en ti, a una persona capaz de creer y de sentir. Quizás estoy equivocada, quizás lo único que nos unió minutos antes de devolverte al cajón de “los ausentes” fue ese texto, el único que me atreví a enseñarte porque no quería exponerme frente a ti, arrancarme la careta y mostrarme débil, sin fuerzas. No quería que aprovechases la ocasión para desgarrar lentamente mis ganas de seguir, pero te dejé la puerta abierta unos segundos, no necesitaba más tiempo para estamparme contra las palabras que una vez en tu boca, destrozaran cada parte de mi que tiene miedo a descubrirse, a exponerse y equivocarse. Y te esperé clavándome bolígrafos en las piernas, rompiendo relojes y calendarios hasta rendirme. Te pregunté, me cogiste del brazo soltando una risilla cómplice, me sentaste en la silla y me dijiste: ¿Lo has escrito tú sola? y a mi me dio por reír, tanto que creíste que las palabras que habías leído eran fruto de la mentira. Sola, sí, a lo que le siguió un “no te creía capaz”. Y basto con eso, solo con eso para pensar que había logrado alcanzar algo de lo que me sentía incapaz: escribir, no para mí, eso era sencillo siendo yo el único juez y testigo, sino para los demás. Ahora me pregunto dónde estará la fuerza que ese día, hace casi dos años, me permitió creer en lo increíble.

Y sí, es lo único que puedo agradecerte (eso y que me aprobaras en el colegio). Gracias “A”.