Un día como otro cualquiera.
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Escuchando música R&B frente al ordenador, algo que me está contagiando mi hermano, y me gusta haber llegado hasta este punto, y me llevo las manos a la boca, abriéndola muy, muy fuerte, llenándola de aire al decirlo, porque sí, porque sea como sea, hemos llegado hasta aquí. Nadie ha tenido la culpa de haber cambiado, y aunque todo a veces, parezca distorsionado, visto como el reflejo gastado y vencido por el tiempo y las lágrimas que fueron derramadas y las que no derramamos a tiempo, yo me quedo aquí. La familia, eso que constituye lo que somos, lo que fuimos y lo que seremos, el pilar de nuestra vida, de nuestra existencia, el único espacio en el que de verdad me siento cómoda y satisfecha por cómo y quién soy.
Gracias, para bien, para mal, somos los que somos, imperfectos y únicos como el resto de seres humanos que nos rodean.
Ahora solo queda que me ate a esta silla, mirando fijamente aquello que realmente es y existe, evitando fabricar ojos rotos, rostros quebrados por la soledad de aquel que no asomó la cabeza a tiempo y seguir caminando, escuchando el ritmo de mis piernas al acercarse a la vida, tímidamente, como quién grita en una sala llena de cuerpos y oculta con las manos su rostro, por miedo.
Camina…
¿Quieres acompañarme? Te esperaré.
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